Los psicópatas no se sienten culpables

Por esa razón no se arrepienten del daño que hacen. Abusarán del poder que tengan , siempre. Pobre de aquella sociedad que se arrodille ante ellos , su crueldad no tiene límites .
Por Stella De Ávila Escobar
Psicóloga Coach con PNL
Un genocida jamás actuará solo. Para poder perpetrar sus crímenes, siempre estará rodeado por una caterva de seguidores tan o más desquiciados que él a quienes los mueve tácitamente la ambición, el deseo desmedido de beneficiarse individualmente al costo que sea.
El perpetrador es un sociópata fanático con insaciables ansias de poder que utiliza sus ideas para dividir la sociedad y exacerbar el odio por el otro. Para justificar su exterminio utiliza la degradación. Primero social, tratará de dañar la imagen de su opositor.  Para ello se valdrá de la calumnia, el desprestigio, el escarnio, la descalificación.  Ya debilitado su buen nombre y sus ideas, será más fácil eliminarlo.
Cuando cosificamos al otro, despojándolo de su humanidad, lo vemos como un objeto para utilizar o un obstáculo que hay que quitar del camino al costo que sea; cuando ya no nos duele el dolor del otro, cuando nos identificamos con el depredador, mi pregunta es: ¿Qué diferencia hay entre quien viola, degrada, asesina una niña o un niño, y quien justifica, protege y defiende al asesino?
Cuando está más que confirmado que una organización criminal ha cometido acciones sistemáticas de abuso, degradación, crímenes, utilizando a seres humanos como mercancía de canje entre muchos otros delitos y sin embargo, sus líderes no solo han sido absueltos de todos sus crímenes, sino que han sido premiados.
Un nuevo escándalo obliga a una sociedad permisiva e indolente a cuestionarse su accionar. Las denuncias de las niñas, hoy mujeres de la “Fundación Rosa Blanca”. Conductas sistemáticas y aún más monstruosas que todos los horrores de los que tenemos conocimiento, como son torturas, asesinatos, abuso sexual de niños y niñas, reclutados por las FARC.
Cuando podemos ver mujeres representativas de nuestra sociedad defendiendo públicamente a quienes cometieron estos crímenes.  Cuando vemos declaradas “dizque feministas”, marchando, arengando, rasgándose las vestiduras para defender leyes que protejan a estos asesinos y violadores,
cuando representantes de un pueblo democrático y digno que los ha elegido para defender la democracia, la dignidad, se arrodillan ante los verdugos de ese mismo pueblo que los eligió, además premiándolos con escaños en las representaciones más altas del Estado,
cuando el aparato judicial que debería defender la seguridad, dignidad e intereses de la sociedad que representa, actúa en contra de ella, protegiendo y premiando a sus opresores, podríamos decir que estamos presenciando el fin de un estado de derecho, de los valores que sustentan una sociedad civilizada.
La pedagogía de la violencia puede llegar a degradar la psiquis humana hasta lograr que la victima ame y defienda a su maltratador.
Destruir la dignidad, la capacidad de resistencia, quebrar la voluntad, es el objetivo básico para esclavizar un pueblo.
Si a esto le sumamos cultivar el odio de clases, la envidia y el deseo de venganza, creas el caldo de cultivo propicio para la destrucción de una sociedad.
El credo de la violencia, no es solo quitarle todo a quien lo tiene, sino destruirlo, acabarlo, no importa si en esa dinámica se destruye a sí mismo.
El manido argumento de sacar delitos supuestos o reales de otras personas u organizaciones para justificar o minimizar sus acciones ¿hacen menos graves los cometidos por estos asesinos?
Ponerse del lado equivocado solo por simpatías ideológicas perdiendo la capacidad de discernimiento, es simplemente ser un fanático. Es perder el pensamiento crítico. Es reaccionar como masa. Máximo insulto a la inteligencia.
La violencia vive en un espacio relacional de negación del otro. Aprendemos a relacionarnos a través de la imposición de la agresión para demostrar quien es mas fuerte. Nuestra biología responde fácilmente a ello. Por eso somos rápido para agredir, pero muy lentos para reconocer nuestras equivocaciones y más aún para pedir disculpas.  Estamos adaptados biológicamente para atacar o defendernos a la menor amenaza. Pero no es la biología lo que nos atrapa en la violencia, aunque nos permite sobrevivir en ella.
Es nuestra cultura, es el espacio psíquico de nuestra cultura que da origen a la continua validación y justificación de la violencia. Con argumentos de manipulación y chantaje donde la mayor defensa para la impunidad es amenazar que si no aceptamos todas las condiciones impuestas por los perpetradores seguirán causando igual o más daño.
“La pedagogía de la violencia sabe que la
máxima cárcel del ser humano es el
miedo “

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