Los cañaguates y los robles en Valledupar

canaguatePor: José Atuesta Mindiola

 El mes de enero se va y de recuerdo nos quedan las brisas, que acarician el esmalte amarillo de las flores de los cañaguates y el aroma húmedo de una cabañuela, la del día 21; que, según la tradición de los abuelos, pronostica que abril será un mes lluvioso. Ojalá ello sea en los días anteriores al 26, para que en el Festival Vallenato la lluvia sea únicamente de notas de acordeones, de versos y canciones.

Dice una leyenda, que en Valledupar en enero no sale el arco iris porque se esconde al ver el esplendor del amarillo colgado de las ramas del cañaguate. Y también, cuentan que Serankua, dios de los Arhuacos, para frenar la ambición insaciable por la búsqueda de oro de los conquistadores, derrite el dorado metal de las tumbas de los caciques y las raíces de algunos árboles lo absorben para regarlo en la corpulencia del tallo y en época de intenso verano sube hasta las ramas para darle color a las flores.

Para los amantes del paisaje vegetal de Valledupar y sus alrededores, enero es un mes de fascinación que provoca contemplar la belleza de ese árbol que se desnuda para vencer la sequía caliginosa del verano y se viste en flores que parecen gajos de oro o fragmentos colgantes de sol.

 

Cuando las flores del cañaguate abren sus envolturas, la belleza de su colorido ropaje oculta los demás colores. El amarillo encendido es la esencia de la luz. En los ciegos es el último color que se aleja de su retina. En la pintura, el amarillo es un color primario, al igual que el rojo y azul; es cálido, y da la impresión de que avanza hacia el espectador y le transmite una sensación de cercanía. Detenerse a observar un cañaguate florecido es levitar en la magia de la luz.

¿Cuál es el secreto del amarillo en las flores de cañaguates? Para los estudiosos de la física el color es fenómeno luminoso, y explican que la luz que viene del sol es la mezcla de siete colores (los del arco iris: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo y violeta), y cada uno tiene su longitud de onda especifica. La estructura molecular de las sustancias presentes en las envolturas florales del cañaguate absorbe las longitudes de onda de seis colores, menos el amarillo, que la rechaza o refleja, y por eso toma esa tonalidad. Como este árbol florece en pleno verano, cuando el cielo está despejado y el brillo del sol es más intenso, sus flores se ven radiantes.

Luego, a finales de febrero y en todo marzo, en el paisaje se ven las flores del roble, no menos hermosas que las del cañaguate. El hábitat natural de este árbol no es el clima cálido, pero aquí se ha adaptado, porque la generosidad de la tierra vallenata alcanza también para las plantas; muchas calles de Valledupar amanecen adornadas por una sedosa estera de colores formada por las flores moradas de roble.

Una invocación a la estética de la vida es este bullir de campanas de viento que caen de los robles, para que el color gris del pavimento se engalane de fiesta vegetal. Esbeltas mujeres taconean en zigzag para no pisar la belleza de las flores y con sonrisas en sus ojos contemplan los colores de la sedosa estera. He visto ancianos abrir caminos con su bastón para que la serenidad otoñal de sus pies no anticipe el tiempo final de las flores. Con el inicio las lluvias, en abril se ve en el cerro de la Popa y otros lugares alrededor del río Guatapurí las fascinantes flores amarillas del árbol de puy, que muchos confunden con el cañaguate.

 

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